Romper con el concepto de “institucionalización”

Todo menor que reside en un centro de protección (niño, niña o adolescente) tiene derecho a pasar por la vivencia de experiencias propias de su edad, comunes a las que puedan tener otras personas de su misma edad. Romper con el concepto de institución significa dejar atrás la estigmatización y el etiquetaje para poder ayudar a los y las menores a integrarse dentro de la “circulación social” a la que deciden pertenecer y facilitarles las herramientas que les permitan circular socialmente según los valores de uso social de la cultura mayoritaria en la que el centro está inmerso.
La estancia en un centro de protección es un recurso temporal por lo que es necesario aprovechar al máximo el tiempo que se tiene para incidir constructivamente en el proceso socializador, sociabilizador y educativo del y la menor. Así mismo, la “solución” del problema que les ha llevado a un centro  pasa necesariamente por actuar en su entorno con el que están entrelazados –en especial con sus familias-.
Esto nos conduce a la idea de que el y la menor se construyen a sí mismo mediante la interacción con los demás, cuestión que apela a la responsabilidad que como interlocutores cotidianos tienen quienes educan, no sólo para facilitar un saneamiento en los vínculos entre el o la menor y su familia, sino también como contexto relacional que son: Dependiendo de la interacción que el y la menor establezcan con los y las profesionales, dicho contexto puede ser útil o no para llegar a ser extrapolable a otros contextos sociales y familiares.

 

Habrá que tener, pues, especial cuidado para que la actitud relacional de quien educa posibilite que la experiencia de vivir durante un tiempo en una institución no mediatice toda forma de relación de los y las menores ya que, en último término, lo que es importante no es tanto el contexto arquitectónico donde se crece como las relaciones que dentro del mismo se establecen: A pesar de que no podemos hacer que nos sientan su familia -porque ni lo somos ni podemos pretender serlo- el esfuerzo de los y las profesionales deben pasar por crear un clima óptimo de relación dentro del marco residencial que permita hacerles sentir que el centro es su casa durante el tiempo que permanecen en él.

El valor de lo cotidiano
Cotidiano es todo aquello que habitualmente hacemos y vivimos casi sin darnos cuenta, es una realidad inevitable en la que todas las personas nos vemos inmersas y que, precisamente por cotidiana, a menudo resulta ignorada por las programaciones educativas de los centros de protección.
Hacer referencia a la vida cotidiana pretende la reivindicación de la misma no solo como contexto en el que se desarrollan las actuaciones educativas, sino también y sobre todo, como instrumento a nuestro alcance con unas potencialidades únicas para llegar a hacer significativos los contenidos de nuestras actuaciones (no se aprende a respetar en las clases de ética sino cuando te respetan y te ayudan a respetar diariamente como no se aprende a cocinar mientras te explican recetas sino cocinando). Y ello porque se trata de contenidos que no se apoyan tanto sobre la transmisión como sobre el aprender a vivir extrayendo de cada momento y cada circunstancia todas las posibilidades que éstas pueden aportar para crecer, disfrutar, madurar…
La educación desde la vida cotidiana contiene dos posibilidades que son, a la vez, contenido y continente de la tarea educativa que se realiza en un recurso residencial:
·        La experiencia de tranquilidad que supone para los y las chicas el hecho de vivir en un”mundo” que está ordenado y que tiene sentido. Porqué educar desde la cotidianidad conlleva educar desde el orden y desde el sentido de la sociedad donde se está ubicado, a la vez que se respeta el orden y el sentido propios de la identidad y la idiosincracia del educando. Convivir en un espacio ordenado, realizando diariamente una serie de hábitos, tanto de actividades como de temporalidad (hacerse la cama por la mañana, lavarse las manos antes de comer, dar las gracias después de pedir algo, acostarse pronto porque hay que madrugar al día siguiente, etc.) no limita la espontaneidad ni la creatividad de cada momento sino que, al contrario, posibilita que todas las situaciones procuren a los y las menores el máximo de experiencias comunes a otros chicos y chicas que no viven en centros: un criterio común de los y las adultas con quienes conviven, un clima relajado y alegre, una convivencia agradable y unas pautas de conducta claras. Al fin y al cabo en la mayoría de casos falta un marco de referencia que quienes educan tienen que ofrecer. Esta experiencia de tranquilidad les facilitará que puedan dejar de vivir el día a día desde el reto de la supervivencia (no saber que hará hoy al levantarse, si comerá caliente, con quién se sentara en la mesa, no saber si hoy será respetado y tenido en cuenta, no saber donde acudir para recibir apoyo cuando lo necesita…) para poderse centrar en un espacio más reflexivo que le permita crecer tomando un papel activo y asumiendo la parte de responsabilidad que le corresponde en la resolución de sus propias dificultades, tanto individuales como familiares. No tener que preocuparse del afán de cada día, hace posible que el o la menor pueda atender aquellas cuestiones que, aunque importantes para su crecimiento y desarrollo cognitivo y afectivo, son periféricas cuando lo que está en juego es la supervivencia diaria.
·        La relación “cara a cara” como aquella relación importantísima para poder plantear un proceso educativo. Esta relación es una unión de tiempo y espacio en la que, quienes intervienen no se comunican solo verbalmente, sino que también lo hacen con la mirada, el gesto y toda suerte de expresiones corporales. Es en la relación cara a cara donde los sujetos son conscientes el uno del otro y participan, aunque sea un poco, de sus vidas. Así mismo, esta experiencia relacional conducirá a los y las menores a desarrollar sus propias significaciones con los objetos, propiciando la construcción a partir de pequeñas cosas y experiencias de su propia historia. De esta manera, su paso por un centro no debe suponer una ruptura con todo lo vivido anteriormente, sino una re-lectura de la propia historia que les dé herramientas para modificar aquello que les ha hecho sufrir y/o ha obstaculizado su desarrollo o, por lo menos, para tomar una actitud que disminuya los efectos nocivos de tales episodios desafortunados. Respetar esta vivencia y compartirla de buen grado, valorando aquellas cosas que le resultan importantes, facilitará el hecho de que se sienta aceptado o aceptada desde los pequeños detalles más cotidianos donde quien educa muestra también interés por sus cosas. Y es que es imprescindible garantizar una atención integral individualizada –que persiga el desarrollo armónico integral de cada menor tanto a nivel fisiológico como psicológico, social, emocional, y afectivo- desde una relación cotidiana entre quienes educan y los y las menores que facilite el papel activo de los educandos y una educación compensadora.
En definitiva, la vida no es teórica sino natural, y cada una de las teorías que sustentan los modelos de acción educativa deben encontrar su traducción práctica en las vivencias más sencillas del día a día, que es lo que nos tiene que validar o no nuestro cuerpo teórico.
Oct 25

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