La fuerza terapéutica de la metáfora

Cuando me matriculé en el Máster de terapia familiar socioeducativa, mi madre me preguntó para qué servía esto de la terapia familiar. Comencé por explicarle que una familia es un todo en el que cada miembro ocupa su lugar. Pero, ¿cómo seguir la explicación para que me comprendiera? Pensé que la mejor manera de ejemplificárselo sería usando una metáfora. “Mira mama, una familia es como una orquesta, formada por diferentes instrumentos, cada uno con una forma y un sonido diferenciado. Cada uno de los instrumentos forma parte de una sinfonía final, pero no podemos entender la sinfonía sólo escuchando los instrumentos uno por uno. Por eso en terapia familiar participan todos los miembros de la familia, siendo el terapeuta una especie de director de orquesta”. Si le hubiera dado una explicación demasiado teórica quizás mi madre no me hubiese comprendido. En ese sentido podemos decir que las metáforas funcionan como elemento clarificador y a la vez sirven de instrumento para ejemplificar aquello que queremos expresar de una manera más fácil.
Pero, ¿qué son las metáforas? La metáfora, del latín metaphora, y éste del griego homónimo que significa traslación, es un artificio del lenguaje que consiste en la aplicación de una palabra o una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación y facilitar su comprensión. Etimológicamente significa “transferencia a una palabra del sentido de otra”.  La Real Academia de la Lengua Española la define como: “tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces en otro figurado, en virtud de una comparación tácita. Alegoría en que unas palabras se toman en sentido recto y otras en sentido figurado”. La metáfora podría describirse como el proceso por el que se atribuye un nombre apropiado a una persona o cosa, con base en una analogía o en una comparación sobreentendida. Así cuando decimos que “alguien se muere de ganas” el oyente sabe que la idea que queremos transmitirle no es que la vida de esa persona está concluyendo, sino que su deseo es muy intenso.

La metáfora se expresa con palabras pero habitualmente nos remite a imágenes. Se dice que la percibimos a través del hemisferio derecho del cerebro, siendo esta zona la menos consciente de la persona, con lo que no se ponen en juego las defensas racionalizadoras. Expresiones como “con el agua al cuello” o “pillarse los dedos” nadie las entiende en su sentido literal, sino metafórico. La mayoría de refranes por ejemplo son expresiones metafóricas: “en boca cerrada no entran moscas”, “a quien buen árbol se arrima buena sombra le cobija”, etc. Cualquiera de estas expresiones o refranes evocan en quien las escucha una imagen que tiene un efecto impactante, del tipo “una imagen vale más que mil palabras”.

Vivimos en una cultura en la que se nos enseña a pensar de forma lógica-racional, en la familia, en la escuela, en el trabajo. Por ello, cuando tenemos un problema intentamos abordarlo de la forma más “racional” posible. Aunque emociones y procesos inconscientes afecten nuestras decisiones, nosotros intentamos o nos creemos que lo afrontamos todo de forma racional. El lenguaje explicativo, que se basa en el razonamiento, tiende a aislar y a fragmentar, a describir un hecho seguido de otro, de manera lineal. El lenguaje metafórico tiende a sintetizar y a combinar, une diferentes niveles de pensamiento y toca los sentimientos (Peggy Papp) y es determinante en la comprensión de las relaciones, alianzas, distancias emotivas, resistencias al cambio, etc. por lo que se genera una comprensión circular, sistémica.

Las metáforas, así como los relatos, llevan usándose desde hace muchos siglos para transmitir valores, conocimientos y tradiciones dentro de cada cultura. Podemos encontrar metáforas en la Biblia, en los cuentos y leyendas de las diferentes culturas, etc. No se limitan a las figuras retóricas sino que pueden encontrarse en varios ámbitos de la vida, pudiendo usarse con personas de cualquier edad e ideología. Historias, cuentos, anécdotas, metáforas, todos estos recursos tienen en común que siempre abordan un problema, transmiten un mensaje o expresan un principio moral. Lo que distingue a la metáfora del resto de recursos antes mencionados es la combinación de dos aspectos:

– Constituyen una forma de comunicación simbólica expresamente diseñada,
– Tienen una intención curativa o terapéutica.

La metáfora es otra forma de comunicar dentro del género de la historia. Toma una expresión de un campo de la experiencia y lo emplea para decir algo sobre otro campo de la experiencia. Implica establecer una comparación entre cosas que no son realmente iguales. Por eso puede usarse para aplicar una descripción, frase o historia a un objeto o acción que guarda un parecido imaginario, pero no literal. Es esa asociación imaginaria o simbólica lo que da a la metáfora fuerza terapéutica.
Las metáforas son recursos que, como hemos visto, solemos usar en nuestra cotidianidad y por tanto su uso puede trasladarse al contexto terapéutico, siendo expresadas por las familias y retomadas por el/la terapeuta o bien usadas por este/a como herramienta terapéutica. La elaboración simbólica que promueve la metáfora es muy importante en terapia, sobre todo cuando recoge elementos de la propia experiencia y del lenguaje de las familias o de alguno de sus miembros, permitiéndoles llegar a elaborar sus propias conclusiones.

La utilización de las metáforas se convierte en una herramienta ideal para la motivación, la comprensión y el cambio. La creatividad y el acierto de la metáfora activan el potencial humano de una forma natural; desbloqueando, liberando y construyendo algo nuevo. Aquello que es difícil de ser explicado con argumentos lógicos y teóricos puede ser explicado y comprendido mediante metáforas. Y todo aquello que no superan las palabras, sí lo hacen las metáforas.

SONIA BADIA
Educadora Social, Pedagoga, Terapeuta Familiar.
Trabaja en el Centro de acogida Talaia.
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