El etiquetaje diagnóstico y cómo evitarlo

“Cuando hablamos de lo psicológico, es fundamental reconocer su naturaleza social”, Medina Raúl

Digamos que definición, etiquetaje o diagnóstico han sido el punto de partida para un proceso de sanación, según el modelo médico, psiquiátrico, o positivista. Esto ha respondido a una epistemología donde los criterios de verdad eran su fundamento. Desde esta visión del mundo, la realidad era posible conocerla y ésta estaba al alcance de quienes tenían una formación científica y usaban un método correcto y objetivo (comprobable). Así el diagnóstico era posible porque era posible conocer la verdad. Las investigaciones de la medicina pasaron de ser una visión del mundo a ser la visión de la realidad. El diagnóstico en psicología proviene, como lo menciona el mismo Linares, de la influencia epistemológica de la medicina. Ni siquiera los aportes de la Antipsiquiatría, del Constructivismo, del Construccionismo Social, de las ideas Sistémicas, de la Complejidad, han logrado remover los pilares cartesianos del pensamiento simple, lineal, en la medicina, que ha construido como síntesis de su hacer el diagnóstico médico y psicológico.

Desde la antipsiquiatría podemos evitar el etiquetaje desde la conciencia de que las consideraciones sobre enfermedad o anormalidad tienen fronteras por demás arbitrarias. Desde el Construccionismo social y desde varias filosofías ubicadas en la periferia de Occidente entendemos que las palabras construyen realidades. Realidades que podemos terminar creyéndonos y por lo tanto direccionar en un continuum invariable y –muy probablemente- mezquino, nuestra visión del otro, (como alguien que está más acorde con lo que sentimos y pensamos nosotros, que con su propia historia y presente). Desde el Constructivismo podríamos aceptar la idea maturaniana de una realidad entre paréntesis, donde la idea de que la realidad no está separada del observador (terapeuta) limita el uso de categorías que pretendan encerrar al otro en un concepto independiente de la mirada del observador. En tal sentido la teoría de la Complejidad también nos puede aportar una ética cuestionadora y atenta al hacer del terapeuta en el proceso y conocimiento del consultante. Esto es, en el reconocimiento complejo de las tantas realidades de una persona. Y desde lo sistémico, es importante el entendimiento de que lo que le sucede en el plano emocional, cognitivo y conductual a un ser humano, le sucede en las relaciones.

En síntesis, evitamos el peligro del etiquetaje diagnóstico porque lo sistémico es otra epistemología. És decir, suceden preguntas sobre la naturaleza del conocimiento, que eliminan los criterios de certeza y verdad para dar paso ya no a lo verdadero o falso sino a lo útil (hipótesis).
Linares sostiene que es importante el diagnóstico, solo que no aquel que rotula al individuo y lo atrapa en una denominación, (como aquellos de la nosología psiquiátrica) sino aquel que considera el marco social en que se hace un individuo, y ahora mismo en Occidente es la familia. Habla de un diagnóstico relacional, “La intención implícita es liberar a la función interpretativa de los efectos groseros del modelo médico de enfermedad, contrarrestar la creación de chivos expiatorios que comportan el <etiquetaje> psiquiátrico y evitar la pretensión de un grado de exactitud que no poseemos. No obstante, seamos muy claros: no hay modo de soslayar la responsabilidad de conceptualizar y categorizar tipos familiares” (Linares 1996).

 

Linares propone entonces el uso de hipótesis relacionales para el diagnóstico, hipótesis que no obstante considerarán la complejidad y la incertidumbre, como herramientas de un terapeuta flexible y atento. Al respecto Linares trae a escena la frase de Korzybski (1933): “el mapa no es el territorio”, para diferenciar o colocar en su sitio las construcciones que podemos hacer sobre otros; lo simples que pueden resultar ciertas configuraciones mentales, y que no obstante adquieren el status de verdad. “Cómo una palabra puede tener tanto poder para cambiar el comportamiento de tanta gente e incluso estados naturales? Las palabras además de la función de nombrar, o referir a una realidad, poseen el poder de organizar escenarios sociales pragmáticos en torno a dicha palabra” (Medina 2011)

El diagnóstico relacional, basado en hipótesis relacionales, tendrá entonces en cuenta el tipo de relación familiar donde se ubica el consultante. Según Linares el desarrollo de la personalidad tiene que ver con la relación nutricional (amor complejo) que recibe un niño en la familia. Así el amor complejo o relación nutricional dependerá del tipo de relación conyugal entre los padres y de la parentalidad que ejercen. Linares habla del amor complejo porque existe un pensar amoroso, una afectividad amorosa y un hacer amoroso. Los niños irán formando su personalidad según reciban de sus padres los cuidados, protecciones, caricias y atención en casa. La conyugalidad tendrá que ver con la posibilidad o no de construir para los hijos en casa un ambiente afectivo, reconocedor, de atención, de compañía, de diálogo y juego. La parentalidad en cambio tiene que ver con la socialización; o sea con la posibilidad de facilitarar el intercambio y la nutrición del niño con la sociedad. Se basa esto en dos vertientes: la vertiente normativa, según la cual el niño asume un comportamiento ético frente al otro (respeta a los otros) y la vertiente protectiva, según la cual los padres controlan que este hacer sea recíproco.
Una buena relación nutricional, donde existe una conyugalidad funcional permitirá un desarrollo óptimo del niño, por el contrario una conyugalidad deteriorada, que afectará el ejercicio de la parentalidad, construirá niños que quizá desarrollen problemas. Con este marco de elaboración de la personalidad, las hipótesis relacionales observarán la estructura de las familias.

 

DANILO DUEÑAS

Psicólogo clínico y terapeuta familiar sistémico
Master Terapia Familiar Socioeducativa EDUVIC · Escola Itinere

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